Lima 2 de junio del 2008
Tus ojos eran como dos barcos que se iban alejando en el horizonte. Poco a poco se hacían del color de la nada. Las islas no son las que se alejan. Los barcos se alejan. Tal vez el problema era que yo siempre había sido igual: arena que se broncea en el sol de verano, morros que se humedecen en invierno. Siempre has sido belleza maldita que rondaba en mi piel, ángel hambriento que se comía los glóbulos en mis arterias. Cuando supe que teníamos que alejarnos no lloré inmediatamente. Fui a una cantina. Junté a unos amigos –como siempre-, ellos hablaban y se contaban cosas –como siempre-, yo no los escuchaba –como nunca- y –como nunca lo había hecho con otra persona- pensaba mucho en ti.
Te equivocabas cuando decía que era algo así como un poeta maldito en mis excursiones por el centro de Lima. También decías que era como un pequeño Jim Morrison o un Kurt Cobain extraviado en la Residencial San Felipe. Todo eso resultaba irónico, pero de ellos no tenía nada, sólo su música sonando en mi mp3. Yo sin ironía alguna, con toda la verdad -con la que me decías que todo es una mera mierda- te puedo decir que para mí siempre has sido estrella marginal, sonrisa convertida del tajo que quedó cuando la luna trató de clavarse el corazón, droga de las estrellas, beldad insomne, caminata por la madrugada sin lugar de regreso.
Es una lástima que me retire de ser uno de los tantos que te escribía: has sido musa de tantos lapiceros de aquellos verdaderos poetas que te miraban, que te acariciaban con sus ojos y sus sueños más oscuros y coloridos. Yo pude llegar a ti porque nos gustó la misma canción y cada quien la bailo solo, después tú te acercaste para hablarme de Syd Barret, supongo que por el polo que llevaba puesto y tenía su rostro. Bendito sea el trago que te tomaste aquella noche.
Todo ha sido muy especial, según dices tú. Por mi parte, creo que es hora de regresar a mi azul covacha. El invierno de mi invierno entra en la explicación del destino cuando se pretende escribir alguna sinfonía, y escribirla en el momento justo cuando un sol está por ahogarse en el mar. Los peces saben morder alguna carnada y hay algo dentro de mí que insiste en morder algún atardecer para poder salir y quedarme en un arrecife toda la madrugada, hasta que llegue un nuevo día y secarme. Secarme, eso es, secarme, secarme y secarme para volver a remojarme y nada otra vez. No creo que lo haya olvidado, se trata de recordar y flotar, hasta hacerme fuerte y volver a ser una isla.
Los perros ladran por la madrugada alrededor de mi cuarto y son los papeles donde están las huellas de tus pestañas cuando me decía que todo era una mierda, como si no me hubiese dado cuenta de toda su pestilencia me lo hacía acordar. Era hasta gracioso desenvolver los misterios de las madrugadas que compartimos. Sé que nadie podrá entender todas esas cosas y me confundirán entre los diablos, entre los pobres diablos que cenan y comulgan cerveza entre la humareda del tabaco. Nadie verá al otro morir porque somos jóvenes y ya no nos veremos, espero. Suficiente hemos tenido con vernos vivir que es lo mismo a morir en cámara bastante lenta.
Nunca he creído cuando me decías que eras débil, se nota el hierro en tus huesos y la madera de barco fortísimo en tus ojos. No me jodas. Siempre que quieras estar bien lo estarás.
Un abrazo.
Fernando
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lunes, 16 de junio de 2008
lunes, 10 de diciembre de 2007
Correspondencias privadas (segunda parte/ responde Alicia)
La Habana, primero de diciembre del 2007
Ha sido difícil decidirme a responder tu carta porque no has preguntado nada en ella. El recuento de algunos sentimientos hacia mí ha sido el interrogatorio más severo. Adrián, he sido injusta por mi falta de despedida. También te recuerdo mucho. Supiste que te engañé. Yo supe que no debía seguir contigo para contaminar tu corazón cuando tu cuerpo me entregabas con tanta violencia y dulzura. Remojo mis labios con mi lengua ahora que te recuerdo. Muchas veces has tenido el beso certero, la lengua atacando alguna comisura en el momento preciso.
También recuerdo la primera vez. Yo sentí mucha duda porque me extravié tan sola entre tantos cuerpos de hombres que mi destino advertía. Nos bajamos los pantalones y la energía compartida nos convirtió en unos posesos por la sensibilidad de nuestros rincones. Enloquecidos. Lo hicimos muy fuerte la primera vez. Nuestra humedad fue la tinta que escribió sobre el papiro, con todas aquellas palabras mudas que cantaron nuestras extremidades que se enredaban en animal acto. Juntos sobamos el clítoris de la luna que envidiosa nos miraba con las manos atadas. Fue muy fuerte y me gustó mucho, sin embargo odie tu silencio luego del acto. Sin embargo amé nuestro olor que formamos. Juntos olíamos a aquella salada brisa que simple y volviéndose caliente nos envolvía. A veces me toco en vano, ya que nuestro olor no está. Es triste saber que aunque nos toquemos cada uno –en solitario-, estamos buscando algo de consuelo. Aunque estemos con otras personas, ese olor ya no estará. Pero no nos pongamos tristes por favor, sonríe, cómo es eso que me contó Pablo. Dice que te estás suicidando a punta de pajas por mí.
Días después pensé que habías creído en todas aquellas cosas que dicen de mí. Cosas como que soy la perra más pisada del distrito. Cosas que me hacen tanto daño. Con el tiempo me hiciste entender que eras único, que en verdad me amabas como yo te amaba a ti. Lamentablemente cometí un error y por lo menos hubiésemos terminado mejor.
Con tu lengua estalló el placer que entre mis piernas se escondía, cuando tu beso lento como caracol descendía por mi abdomen y hacía rondas en candente ritual de mi rosada carne oculta. Me tocaba los límites de mis senos que desprotegidos se endurecían. Diste cielo en el infierno de mi soledad en todas las camas que arrugamos, en los hostales más extraños de Lima. También recuerdo a esa ciudad tan hostil de día y tan llena de placer por las noches.
Cómo olvidar también aquella vez que nos besamos en Barranco, justo en el puentecito que empieza en el final de la Bajada de los Baños, ese puente que se dirige hacia la playa. Los autos pasaban a gran velocidad muchos metros debajo de nosotros. Me besabas apoyándome en la baranda. Perdimos el control de nuestras células y subiste mi falda y me hiciste tuya, mientras que fuiste mío sin excusas. Recuerdo que cuando terminamos nos quedamos mirando mucho rato al mar.
¿Sabes que tan vivo se ve el mar aquí en Cuba? Muchas veces voy a verlo para recordarte.
La vida está llena de desaciertos pero nos quedamos con lo que vivimos.Quizá sea mejor no escribirnos. Cuídate mucho, te quiero bastante.
Alicia
martes, 4 de diciembre de 2007
Correspondencias privadas (Adrián le escribe a Alicia)
Lima, 26 de Octubre del 2007
Tenías razón cuando me decías que había nacido para quedarme solo. No te lo creí nunca Alicia, aunque lo decías en broma. Ahora, que estás tan lejos, todo está igual pero con la odiosa diferencia de que no podré verte al final del día. Menos los domingos por la mañana, cuando el sol segregaba sus primeros rayos y caían por nuestros cuerpos desnudos de trapos. Extraño estar contigo por las madrugadas, mojados como peces extasiados que saltan sobre la superficie del mar del goce.
Tus pequeños hombros han sido erosionados por mis besos después que tu saliva le daba a mi lengua las semillas del placer inicial. Te he apreciado con un respeto sacrílego cuando te desvestía y tu silueta era el territorio para perderme sin miedo, entre lúbricos balanceos. Las bendiciones del vino barato que tomamos alguna vez, me dieron la resaca más vital de tu sexo. Sobre mí has sido mar en su ir y venir, yo fui orilla que tapabas. Tu cintura ha sido mi amuleto en mi soledad. Tus muslos, las almohadas para donde apoyaba mis tristezas y se agitaba el pulso de ese músculo que le llaman corazón.
Me contaste tu pronóstico de ninfomanía –según reportes de profesionales- y tus maneras de cambiar eso. Te creí cuando decías que era muy complicado y a pesar de las cosas que decía la gente seguí contigo. Jamás te hubiese dejado. La vez que te sorprendí engañándome te fuiste. No pudimos hablarlo. No quisiste. Te fuiste y aunque estaba dicho que te irías a Cuba a estudiar cine, teníamos dos semanas para conversar. Pero lo evitaste. Evitaste verme y hablar conmigo por cualquier vía.
Te recuerdo claramente. La primera que vez nos dimos –uno al otro-, fue sobre el escritorio de tu papá. En tu casa. Por un momento la duda llegó en nuestras miradas que se desearon tanto por probar las mieles. Siempre decías entre risas que tenías un sentimiento pornográfico y cardíaco hacia mí.
Jamás te hubiese odiado por tu pronóstico. Quizá si no hubiese sido así no nos hubiéramos conocido, porque dentro de tu deseo también sentiste amor hacia mí.
Saldré solo a algún bar de Lima a tomar un vaso de ron.
Ahora no sirve de nada la poesía.
Sin ti solo soy un pedazo de carne sin sangre. Espero me respondas esta carta.
Ahora esta es la única manera de entregarme a ti.
Cuídate mucho y por favor escríbeme.
Adrián
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