Le pidió un beso, que fingiera fascinación. Laura se aproximó histriónicamente a su boca, sobando sus labios contra los ajenos para luego morderlo hasta producir un leve sangrado. Ella decía que se llamaba así. Nadie sabía si se trataba de su verdadero nombre pero así le llamaban todas las demás mujeres de su jirón y todo aquel que le preguntaba su nombre.
Esteban, que se encontraba con ella en la oscuridad de una calle paralela a algunas cuadras de donde la conoció, estaba totalmente embriagado. Pagó por adelantado a Laura que satisfizo sus pretensiones monetarias por aquel rato a alquilar. Mientras ella había estado caminando nocturnamente por su acera, la cual era una cuarteada pasarela de cemento que se alumbraba tenuemente por un par de viejos postes, él estaba bebiendo dentro de una cantina en una mesa muy cerca de la puerta. Fue entonces cuando le llamó con voz baja –casi afónica- al terminar la última botella que liquidaba su sobriedad. Dentro de esa sombra, tan oscura como las negras pupilas de Laura, cada uno cumplió su papel dentro del trueque.
Laura quería terminar lo más rápido para poder buscar otro individuo que signifique más dinero en su jornada.
Habían sido días imposibles. Difíciles para todas las trabajadoras nocturnas del limeño jirón Cañete por la escasez de interesados. Laura vivía completamente sola en el distrito, en el país y en el universo, lo cual le entristecía mortalmente. Innumerables veces se sintió como un desolado terral azotado por el sol, pero para muchos era un sagrado oasis callejero. Esteban le contó que era un director de cortometrajes que hace un par de meses había ganado un prestigioso premio nacional y que se encontraba haciendo su primera película. Esta ópera prima había generado –según explicó- gran expectativa entre sus allegados y conocedores del arte cinematográfico. Poco interés recibió su mérito. La acompañante buscaba dinero. No tenía intenciones de continuar charlando con él a menos que eso signifique continuar trabajando para pagar sus deudas. No tenía excusa alguna para charlar ni siquiera un poco en esa espontánea hostelería de intemperie, donde las únicas estrellas fueron las que ella le hizo ver desde una lúbrica nube. Quitó las manos del individuo que se habían enraizado en sus muslos. Se acomodó la tanga y salió de aquella fría sombra.
Aceleró el paso bajo la escasa luz y caminó rápido hacia su vereda. Empezó a dar vueltas alrededor de la cuadra. Se exhibía como carnada dentro del agua. No era la única en la zona, eran varias en aquel lugar, fuera de las decenas de trabajadoras sexuales que estaban cuadras a la redonda, aparte de los espacios donde algunas chicas se desnudaban alrededor de barras. La competencia era salvaje.
Acentuando la plataforma de sus pasos se encontró con Eva, una colega –como se llamaban en esa calle- que hace un mes no veía. Laura pensó que se encontraba de viaje o que un joven putañero enviciado al movimiento de su cintura le habría hecho alguna promesa sobre algún reino hecho de oníricos ladrillos. No fue así.
“Ella está tres metros abajo, está muerte aunque siga hablando, está enterrado para mí”, espetó Eva con una frialdad de nevado. Hablaba sobre su hermana con la cual compartía la casa. Tuvieron una pelea donde recibió los más bélicos insultos, todos referidos a la forma que ella tenía para sobrevivir, noqueándola por semanas. “No comprenden que sin nosotras habrían más suicidios en el mundo, no hacemos daño a nadie”, dijo, ocasionando una ligera risa en Laura.
“Se ha muerto para mí”, repitió con la mirada humedecida, enrojecida y perdida en la pista. Pasó su mano que olía a fresco esmalte y extirpó una lágrima que estaba a punto de descender por su rostro.
-¿Le pasó algo al rímel?, preguntó Eva poniendo su cara a la poca luz.
- No para nada, estás como nueva.
- Ahora no tengo hermana. Voy a juntar plata para largarme con mi hijo de su techo.
- Date cuenta. Tu hermana no está muerta. Solo estará muerta para ti cuando la dejes de ver y la olvides, sin esas dos condiciones ella estará viva, así esté dentro de un nicho.
Dejaron de charlar y miraron a un taxista que conducía con poca velocidad mirando a las chicas, sin embargo no escogió a nadie. Habían platicado pocas veces anteriormente. No se tenía la una a la otra. Ante todo eran competencia. Alguna vez lograron escapar juntas de alguna operación policial. Siguieron conversando. Se contaron sobre marcas establecidas por noche en distintas circunstancias. Coincidían en que la mayoría de los hombres se cobijaban entre sus piernas para agitarse desesperadamente sin reparo alguno ante sus malabáricas presencias. “Son hombres que vienen exigentes y en sí tienen sexo con ellos mismos, nosotros somos como guantes o muebles de carne por los que pagan para sentirse más cómodos y hazañeros antes, durante y después del acto, también hay algunos –o pueden ser los mismos- que vienen perdidos, derrotados por la vida a buscar algo de suave cariño y consejos que podemos darles a cambio de algo de dinero, pero de esos cada vez vienen menos por acá", reflexionó Laura para culminar con la expulsión de su mentolado humo.
Dos individuos se empezaron a golpear en el suelo. Una atractiva joven arrojaba gritos de desesperación que lastimosamente no llegaban a alguien que pudiera hacer algo. Pedía ayuda para evitar mayores daños entre los sujetos que recién había conocido, con los cuales se dirigió al jirón para comprar vino barato. Disparaba alaridos para tratar de espantar el peligro hasta que fue demasiado tarde. Uno le rompió la piel al otro con una navaja. Movió el mango y el metal hurgó dentro de su barriga. La muchacha se fue corriendo, con el susto en cada célula de su anatomía no apta para la aventura de aquella noche.
Sacó su filuda herramienta entibiecida por la sangre y se fue corriendo. Nada le fastidiaba más a Laura que la sangre derramada en su vereda. También odiaba las heces y el orín que tanto las mujeres como los hombres despojaban de sus cuerpos en la madrugada. Aquellos desechos fisiológicos le parecían totalmente abyectos. No entendía como Eva y otras los tomaban con indiferencia, como si se tratara de masas de barro o llovizna empozada en esas horas cuando el sol pernocta en otro lado del mundo y la soledad es un escudo que se rosa con la carne en esa callecilla.
Luego llegaron dos clientes más. Uno se quedó dormido y otro regateó. Los primeros rayos empezaron a expulsar a la noche. Todavía había posibilidades para la llegada de alguien a pesar del cansancio de su gitana epidermis. Aquella vez se quedó hasta las ocho. Esperaba a una señora que pasaba a aquella hora empujando una destartalada carretilla de madera con una inmensa olla dentro. “Tú serás lo rico en la noche, pero en la mañana mis tallarines rojos son un verdadero don para todos, sírvete que se acaba”, decía la vendedora mientras le entregó un diminuto plato servido.
Al estar en su casa se sentía exhausta. Lo primero que hizo fue quitarse un poco los colores del maquillaje para no ensuciar su almohada –que era como un papel periódico donde esbozaba sueños- ni las sábanas de la cama donde dormía con la única compañía gratuita: ella misma.
A las ocho de la noche se alistaba. Secaba su piel mientras se miraba desnuda en el espejo. A pesar del trajín de sus labores ella se sentía a gusto con su figura. Se colocó su prenda íntima e inferior dándose una vuelta frente al cristal. Daba vistazos a sus formadas piernas, desde sus pantorrillas hasta la ingle, las cuales recibían los más groseros halagos por las calles. De refilón oteó por su espalda los encajadores bordes de la tela. Observó su descubierto pecho donde innumerables bocas habían ensalivado sus dos límites, pero nunca algún niño formado dentro de ella. Se colocó un sujetador, un alto vestido negro, sus zapatos de plataforma, lápiz labial y demás cosméticos aplicados esta vez con mesura.
Otra vez estaba en su pasarela. El cabello mojado, negro como hirviente brea desde la raíz hasta la cuarta parte, rubio sintético hasta las puntas. Descubierto el prominente tatuaje que cubría desde su hombro hasta el medio camino hacia la altura de su codo izquierdo. Paró en una esquina con su descomunal perfil. Era el monumento al sudor de muchos hombres. Beldad marginal. Empleada de la soledad ajena. Arquitecta de la lujuria. Guardiana del placer de forasteros.
Se apoyaba sobre el talón derecho y doblaba un poco la rodilla izquierda, sacándola hacia fuera como si se tratara de algún cartel. Desde curiosos hasta reincidentes llegaban. Esperaba que llegara alguien que sea limpio, tranquilo y que no esté ebrio para hacer su labor de forma sencilla. Esta petición era complicada de concretarse. Aquella suerte posiblemente no existiría esa noche ya que tampoco se concedió en los tres últimos meses.
Escupió un chicle. Introdujo otro en su boca. Un joven pasó por su lado preguntándole asustadamente el costo de su compañía. Aunque Laura le respondió el muchacho avanzó espantado, al parecer se había arrepentido de ir a aquel lugar.
Llegó a la cuadra un tipo oliendo a ardientes licores. Tenía las pupilas dilatadas y una locomoción entorpecida. Laura parecía conocerlo pero no lograba identificarlo hasta que la distancia empezó a acortarse de a pocos. Preguntaba las bondades y maldades que podía recibir hasta que llegó donde ella. Se miraron fijamente. Lo identificó con certeza cuando estuvieron frente a frente. Era el individuo que un día antes protagonizó junto a su navaja una sanguinolenta escena. Se llamaba José. Insistía para irse con Laura pero esta no quería debido al calamitoso estado en que estaba. Podría ser peligroso ir con él debido a su enajenamiento por ciertas sustancias, además de su antecedente en aquella calle. Eso podía significar arriesgar más su vida y su físico que era una de las bases de su oficio.
Necesitaba el dinero. Para eso estaba en la calle. Laura decidió tomar el riesgo. Apretó los dientes en sutil preocupación y le dijo para ir. Ingresaron en un lugar donde alquilaban húmedas camas de esponjas hundidas, donde nítidamente sentían el sólido esqueleto del catre.
La enfrentó violentamente. Ella esperaba salir rápido de ese lugar con su paga. José era un ladrón con algunos asesinatos en su haber, además de ser un amante de la nada, fiel a la búsqueda de mujeres en las agridulces noches del centro de Lima. Tardó lo que debía pero ella quería salir desde antes. Se estaba asfixiando con su candente tufo, le faltaba respiración, era como un pez fuera del mar.
Al culminar él empezó a acariciarla enternecedoramente. Pasaba la yema de sus dedos por su rostro. Le pidió que se quedara a su costado por un momento. Se puso a llorar mirando el despintado techo mojándose las sienes. Decía que se arrepentía por haber asaltado por la tarde a una anciana, ya que le recordaba a su abuela que había fallecido dos días atrás. Era la única persona que tenía. La que sufría con cada objeto robado que escondía en su casa. Laura le secó un chorro de lágrima. Se paró mientras José se derrumbaba entre su culpa y su recuerdo. Recibió su dinero. Se arregló. Volvió a salir.
Veinte minutos pasaron sin novedad alguna. Conductores a moribunda velocidad, silbidos, caricias maliciosas pero nada concreto. Apareció Esteban esta vez menos ebrio. Decía que estaba encantado de haberla conocido. Reverenciaba con palabras cada parte de su cuerpo. No paraba de hablar hasta que ella le dijo “vamos mi amor”. Caminó detrás de ella que iba con los brazos cruzados. Esta vez la paga no fue buena. Pidió el dinero por adelantado pensando que sería bienhechora como la atención que entregaría. Movimientos y luego el fin. Excitación de la más alta y luego la caída, el fin. Esteban le preguntó por qué se ejercía tan arriesgada labor. “Ahora no tengo tiempo de contártelo” le dijo Laura. Nunca daba explicaciones.
Regresó al jirón. Alguien había orinado en la esquina donde estaba. Maldijo el aparato urinario del anónimo autor. Se apartó algunos metros. Tres chicas nuevas habían llegado juntas. Estaban nerviosas y conversaban entre ellas. Se notaban avergonzadas. Captaron rápidamente la atención de las demás trabajadoras sexuales del lugar, que notaban un peligro en ellas ya que eran muy jóvenes además de agraciadas. Cuatro de las más antiguas se dirigían con violentos pasos hacia ellas. Sus rostros no eran los de bienvenida para las temerosas que inmediatamente se sintieron amenazadas. De forma intempestiva para todas, una operación policial cayó con una avalancha de efectivos que corrían de diferentes esquinas para detenerlas. Ellas corrían con gran desesperación. Daban de codazos cuando eran atrapadas hasta aceptar con impotencia su detención. Laura sabía que si hubiese estado en la esquina donde tenía premeditado quedarse, hubiese tenido más posibilidades de escapar. Hubiese podido ver cuando llegaban los uniformados. Empezó a correr sin tener la oportunidad de quitarse sus sandalias de alta plataforma. Su casa quedaba a tres cuadras. Era perseguida por un agente. Logró llegar al estrecho callejón donde vivía. Entró raudamente, quedando casi a salvo cuando la punta de la sandalia chocó con el destapado borde un buzón de desagüe. Cayó. Todo su peso se empeñó sobre su rodilla derecha. El dolor fue inmenso. Se paró como pudo. Metió su llave. Ingresó quejándose por el implacable golpe. Se lavó la herida. No tenía hielo. Usó una bolsa con carne helada que tenía en la refrigeradora para tratar de bajar la hinchazón.
Aquella vez no pudo descansar. Esperó a que amaneciera para ir al hospital. No fue al instante de la caída. Necesitaba estar segura en la calle, con el susto totalmente despejado. Le sacaron radiografías. Tenía una fractura de rótula. Le cubrieron la pierna con yeso. Debería estar así por tres meses. Esto quiere decir en reposo absoluto de alguna actividad donde tenga que esforzar esa extremidad. Sus pensamientos empezaron a enturbiarse entre sus cuestionamientos sobre esas infinitas semanas de inmovilidad.
Regresó a su casa. Fue a buscar a un señor de más de sesenta años que siempre le miraba. Vivía en una playa de estacionamiento, muy cerca al jirón Cañete. Laura necesitaba dinero para poder vivir. Llegaron a un trato para que ella se quede atendiendo las 24 horas a los choferes que llegaban a estacionarse. Se escapaba algunos ratos a su casa a ver sus cosas. Algunos conductores que sabían de sus trabajos carnales le pedían atención. Ella hubiese accedido pero no podía. También descubrió que su jefe era un inmenso avaricioso que lo único que quería era acostarse con ella. Inclusive le propuso un aumento a cambio tenerla. El dolor de su pierna era latente. No podía moverse. Le hartaba estar en esa playa de estacionamiento. Aunque el trabajo era sencillo, el hombre de supuestas buenas intenciones no le entregaba el dinero respectivo. Con él hacían los pagos y de inmediato escondía el dinero además de trancar el cofre y el cuarto donde estaba lo que a ella le correspondía en realidad.
El señor por las mañanas no dejaba de mirar a escondidas la pierna descubierta que salía de su diminuta pantaloneta. Por las noches buscaba agujeros en el cuarto de vieja madera donde estaba Laura. Deseaba mirarla mientras se cambiaba. Nunca encontró alguna mirilla realizada por alguna hambrienta polilla que le sirva a su provecho.
Laura juró por todo lo existente e inexistente que al mes y medio como máximo se cortaría el yeso y volvería a la calle. Lo aseguró una noche cuando estaba sentada, con la pierna tendida y masticando un chicle. Miraba a las más viejas del jirón que se dirigían a sus puestos, aquellas de pocas bondadosas curvas, las cuales se rehusaban a retirarse. Esas que se iban a las menores tarifas pero que llevaban consigo millares de secretos colgando de sus flácidas carnes. Laura no podía soportar que todos estuvieran al acecho cuando ella no podía caminar sin muletas. Eso le parecía despreciable. “Viejo asqueroso, ya me iré de acá y volverás a quedarte sin nadie”, dijo Laura mientras se volvía a prometer que no esperaría todo el tiempo para quitarse el yeso.
lunes, 2 de julio de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


4 comentarios:
A mi parecer tu poesía no es tan buena como tu narrativa.
Pero tu narración es muy buena,
parece ser que describes mejor las cosas cuando fluyes con la realidad del día a día.
Me gusta lo que acabo de terminar de leer, y el versito que está arriba el de las manos...
se han quedado 10 min de mi vida leyéndote. Lograste llevarme a ese escenario, quizá inventado, quizá latente en ti, tal vez extraido de alguna lectura... sirve y vale.
una realdiad más, de entre tantas que nos toca vivir. Una mujer y sus esfuerzos, aunado a sus vergüenzas y necesidades...
Qué entienda, en todo hay esfuerzo, temores y clamores.
Chau.
Vaya...
Me recuerdas a Enrique Congrains, cuyos finales, en su narrativa, son, la mayoría de veces, inconclusos y bastante agrios. Gran estilo!
Te felicito.
Publicar un comentario en la entrada